Hace algunas semanas, el gobierno
federal anunció haber logrado la cobertura universal en salud. Esta noticia
fue muy ovacionada por lo medios e incluso la directora general de la
Organización Mundial de la Salud (OMS), Margaret Chang, en su visita a México felicitó al país por lograr la
cobertura universal en salud, algo que muchos países desarrollados, como
Estados Unidos, no pueden presumir.
Pero
más allá de los discursos triunfalistas por parte del gobierno, me gustaría
hacer una reflexión de lo que implica alcanzar la cobertura universal en salud.
Para ello, es fundamental definir claramente qué es a lo que nos referimos
cuando hablamos de cobertura y de afiliación en salud. Luis Durán Arenas,
responsable del área de Gestión y Políticas en Salud de la UNAM, nos dice que
la afiliación se refiere simplemente a la cotización o inscripción de una
persona ante alguna institución de servicios de salud; o como diría un profesor
al que le tengo gran estima, afiliación no es otra cosa que la
credencialización de la población.
Mientras
que cuando hablamos de cobertura en salud hacemos referencia a que la persona
tiene acceso real y oportuno a los servicios de salud que van acorde a sus
necesidades. En el caso del IMSS, la cobertura en salud se determina de la
siguiente manera: la Población adscrita a médico familiar entre la Población estimada
de derechohabientes por cien. En el caso del Seguro Popular, que cuenta con una
afiliación de alrededor de 53 millones de personas, no existe ninguna fórmula o
indicar similar por lo que no es posible determinar su cobertura en salud.
Para
lograr la cobertura universal en salud no basta con afiliar a las personas al
Seguro Popular. La cobertura universal implica contar con la infraestructura
necesaria, con el personal de salud preparado y especialmente con dos
características básicas más: acceso oportuno y disponibilidad de recursos. No serviría
de nada que una persona tuviera una tarjeta que le diera acceso a una
institución de salud si al llegar al centro de salud no hubiera un médico o una
enfermera capacitados para atender adecuadamente sus necesidades de salud; o
bien, que no tuvieran los medicamentos o insumos necesarios para brindarle el
servicio que merece. Tampoco se puede hablar de una cobertura universal si
dicha persona tiene que trasladarse al centro urbano más cercano, que muchas
veces significa un viaje de varias horas, para obtener atención médica que requiere.
Tampoco
podemos presumir de una cobertura universal en salud cuando las personas tienen
grandes diferencias en los servicios de salud que reciben dependiendo de la institución a
la que estén afiliados como por ejemplo, el IMSS cubre 12,500 diagnósticos de
la Clasificación Internacional de Enfermedades
(CIE-10) pero el Seguro Popular sólo cubre 1,534. Si a esto le añadimos que en
las comunidades rurales, donde se encuentra el grueso de los afiliados al
Seguro Popular, los afiliados generalmente son atendidos por personal de salud que aún se
encuentran en proceso de formación, y que por cierto, reciben una baja
remuneración de alrededor de $2,500 mensuales, y muchas veces atienden a los
pacientes bajo condiciones precarias y con recursos insuficientes.
Además,
si revisamos las cifras oficiales de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo
Económico (OCDE) podemos ver que México tiene 2.0 médicos por cada 1,000
habitantes mientras que la media de los países miembros de la OCDE es de 3.1; en
cuanto a enfermeras México tiene 2.5 contra 8.4 de la OCDE; y tenemos 1.7 camas
de hospitales por cada 1,000 habitantes cuando el promedio de la OCDE es de
4.9. Estos son algunos ejemplos de las deficiencias que tiene nuestro sistema
de salud y que tenemos que revertir en los próximos años.
Dadas
estas diferencias tan marcadas en cuanto a la cobertura de servicios de salud
que se tienen dependiendo de la institución a la que se esté afiliado, no creo
conveniente hablar de la existencia de una cobertura universal en salud en
nuestro país aún. Estas desigualdades se originan, como lo mencioné en mi entrada
anterior, de la segmentación artificial que hemos hecho de la población; por
ello, creo firmemente en la necesidad de contar con un sistema de salud
universal para México, sé que es posible diseñarlo e implementarlo de manera
exitosa aunque también estoy consciente que si lo alcanzamos no será antes del
año 2030. La cobertura universal en salud no se da por una simple declaración
política sino por el trabajo y esfuerzo de todos los actores involucrados con
el sistema de salud que deben aprender a trabajar de manera cooperativa y
siempre en busca del bien común en lugar de intereses particulares o partidistas.

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